La vida en los cerros

Es un dia de otoño. Un sol anémico entristece con sus resplandores lejanos la paz del andurrial.
Trepamos por un caminito que bordea una quebrada sucia y mal oliente. Subimos sobre la falda del cerro hay una pintoresca profusión de ranchos y de casas humildes.
«Estos suburbios, agazapados en las laderas de los cerros, en estos días otoñales, hacen sentir toda la tristeza y el dolor de los pobres.
Estoy mirando el cerro desde una puntilla. El cielo teñido de un desesperante color gris pone en todas las cosas de abajo un abandono, un desconsuelo tan profundo, que acaba por contagiarnos.
En la puerta de los ranchos, hay mujeres silenciosas, que, curvadas sus espaldas por el diario trabajo, permanecen como sombras en un diáologo de consuelo con la arteza, donde sus manos lívidas lavan la ropa blanca que nunca ha de ser para sus cuerpos deformados por la miseria.
En otra puerta, un viejo, pero muy viejo, clava en una lejanía interior sus ojos vidriosos, y todo él, inmóvil, parece decir en esa desolación de almas un salmo de resignación y esperanza.


Sigo recorriendo ese cerro. Un camino inverosímil, muy estrecho. Abajo la quebrada. Mucha carroña. Algunos perros. Se llega a una calle angosta, mal empedrada, sucia.
Una hilera de casas. En la esquina, un despacho; adentro un mostrador, un italiano. Apoyado en el mostrador, un hombre joven. Tiene cara de flojo y sinvergüenza.


Al lado una casita. Una puerta, adentro un zapatero remendón. Junto al zapatero una vieja que discute.
Otra, otra y así muchas casas, en la vereda un grupo de chiquillos. Algunos semi-desnudos. Juegan, se revuelcan en el suelo, se insultan, se patean, se besan.
-Mira, mocoso, y la hoja de parra?
El muchachito no sabe historia bíblica y me pide un cinco para dulces. Yo insisto: Y la hoja de parra? cochino…
Como el muy rapaz no me comprende, me veo precisado a llamar las cosas por su nombre, el chiquillo se rie, da una sorbida a sus narices. Y con un picaresco rubor, que dice más de diablura que de inocencia, se da la tarea de tapar su desnudez con unos pantaloncitos que tienen más roturas que género. (El niñito tenía de tres a cuatro años).


Sigo caminando. A cada paso veo cosas interesantes La pobreza, la miseria, es un espectáulo al que sólo gustan de asistir los espíritus refinados. En los cerros hay mucha miseria, mucha. Es necesario haber estado en un conventillo.
¿Queréis que os pinte un conventillo?
Un portalón. Un pasadizo largo. Un patio, Unos muros blanqueados con cal Unas puertas bajas.
En el patio una tina llena de agua. Unos cordeles tendidos de lado a lado, Colgando de ellos algunas camisas de impecable albura, sábanas, calzones. Por lo menos diez chiquillos harapientos Están jugando en el interior del conventillo.

Una entrevista.

  • Señora, ¿de quién es este conventillo?
  • De don Fulano de tal.
  • Don Fulano de tal es rico?
  • Todo este cerro es de él, Sr.
  • ¿y por qué tiene tan abandonado esto?
  • Quien sabe, pues, señor.
  • Aquí hay mucha mugre, señora, ¿usted tiene hijos?
  • Cinco.
  • ¿ Y no tiene miedo que se le enfermen?
  • Y que hemos de hacerle pues, señor.
  • ¿Las piezas son claras, grandes?
  • ¿ Quiere entrar?… Está un poco desarreglada, pero éntre.
    La pieza estaba bastante desarreglada. Un olor inexplicable, olor a ropa sucia, a pan seco, a aguas servidas, olor a todo lo hediondo que hay en la vida.
    En esa pieza miserable, llena de harapos, de santos y de tarjetas postales, duermen cinco criaturas, los padres, el perro, el gato y un loro que les trajo un «managuá» de Guayaquil (sic)
    Señora esto es insoportable, aquí hay un olor insufrible, sus chiquillos se le van a morir. En este punto estaba mi peroración cuando una gritería de los gandules me hizo volver la cabeza.
    ¡Qué espectáculo! Entre los diez muchachos, desarrapados y gritones arrastraban, atado de un cordel, a un perro moribundo.
    ¿Qué significa eso? pregunté:
  • Un perro que envenenaron.
  • Pero aún está vivo…
  • Así parece.
    Los muchachos entre gritos, puntapiés y la conseguiente algazara llevaron a través de todo el patio el fúnebre juguete. Dos perros sarnosos, con ojos casi humanos, escoltaban al hermano en hambre y en infortunio.

Salí asqueado de ese recinto infernal pensando en mi pobre Patria, pensando en que todo en ello está maleado; arriba algunos gobernantes lucrando con el nombre de Patria, pisoteando sus ideales y abajo la plebe inconsciente, la indolencia de los hombres, la insignificancia moral de las mujeres y lo peor todavía, los niños – los hombres del mañana_ ahí estaban, ensañándose en los despojos de un perro moribundo, refinando sus instintos de barbarie.
Me alejé con tristeza. Eran las cuatro de la tarde.
Al pasar frente a una casa, vi como un desbando de palomas un torbellino de chiquillos y chiquillas que salían en confuso tropel; eran los niños de la escuela! Ellos, con su blancura, me hicieron concebir otra hora, una hora blanca también. No; la Patria no estaría en manos de esos desalmados que arrastraban al perro moribundo; estaría en manos de estos otros seres que iban a la escuela, de estos que estudian y que mañana desde la fábrica, entre el trepitar de los motores, han de decir a la vida su canción de gratitud y alegría.

Carlos BARELLA.
Revista SUCESOS Nº 707
Abril 13 de 1916