La Historia de «La Animita de Colón»

“Gracias por abrir caminos a un mundo más feliz”

Agosto de 1930 fue un año muy lluvioso, durante todo el mes se sucedieron intensos temporales que arreciaban tanto la costa como sus cerros. Mientras el mar pretendía cobrar su espacio arrebatado,  golpeando a aquellos infaustos trabajadores que llevaban a diario el sustento a sus humildes hogares, en la parte alta de la ciudad la situación era tan o más difícil aún, la lluvia y el viento no daban tregua a aquellas pobres construcciones de la periferia que se volvieron un inhóspito lugar para quienes vivían ahí, los recurrentes aguaceros y ventoleras provocaron la caída de árboles y enormes zanjas que convirtieron las incipientes calles en quebradas casi infranqueables, la vida no era fácil.

En contraparte el puerto de Valparaíso vivía con esperanza retomar aquellos años de bonanza en los que fue la puerta de entrada a miles y miles de barcos que llevaban y traían mercaderías desde el mundo a nuestro país, todos los esfuerzos y sueños fueron tratando de tomar forma tras la entrega de las nuevas obras del puerto. Al fin tras tantos años de trabajo, terminados los trabajos era impresionante para los porteños ver aquellas obras de tal magnificencia como el molo de abrigo y los nuevos malecones.

Las instituciones avizoraban el reinicio fortalecido del puerto que los cobijaba, cientos de miles de personas emigraron de pueblos y villorrios a esta gran ciudad que talvez les llevaría en su imaginación a abandonar vidas llenas de incertidumbre y dolor.

Gracias por los favores concedidos.

Entre aquellas familias que llegaron llenas de esperanza a buscar nuevos destinos a esta ciudad, desde Cabildo arribaron una madre y su hija luego de haber fallecido el padre y sostén del hogar.

Julia, la madre una mujer esforzada y trabajadora junto a su hija Luisa, una hermosa joven que en sus sueños buscaba poder vivir de una forma más digna y con más esperanza en el futuro, fueron acogidas en la avenida Francia, en casa de una hermana de la madre.

Julia había sido trasladada en su trabajo desde su ciudad de origen a Valparaíso, prestaba servicios en la oficina del Correo, convirtiéndose al poco tiempo en una trabajadora ejemplar que se ganó el cariño y admiración de todos sus compañeros de trabajo, en tanto su hija Luisa tomó las labores del hogar, llevando sobre sus hombros la responsabilidad del lugar en que habitaban, su tía Elena Duarte que tanto la apreciaba era testigo de los denodados esfuerzos de su sobrina para hacer un poco más fácil la estancia de ambas en la ciudad que las había recibido.


En tanto la lluvia marcaba ese agosto, quizás como pocos en uno de aquellos años más lluviosos, Julia concluyó su trabajo semanal el día sábado y como siempre se dirigió a su hogar junto a su hija para planificar el siguiente mes. La hija que mantenía en forma impecable la humilde morada esperaba pacientemente a su madre esa tarde para salir realizar las compras tan necesarias en un hogar, habiéndose impuesto de la conveniencia de adquirir productos de primera necesidad a un precio más económico de lo habitual le dice a su madre lo importante que es aprovechar de hacer compras más baratas. La madre cansada de una extenuante semana laboral le responde “Hija está lloviendo demasiado, te parece que vayamos de compras el lunes?”, Luisa termina convenciéndola que el momento es ahora, pues la lluvia ha amainado y seguramente encontrarían menos gente comprando, eso haría que este sencillo trámite fuera muy rápido.

Gracias por nuestra casa y tantos favores

El círculo de amistades de esta pequeña familia era bastante reducido, los compañeros de trabajo de Julia, los parientes que las habían acogido en la modesta casa de avenida Francia 895 y algunas comadres, entre ellas Rosa, ésta última la comadre Rosa tenía planes de celebrar su santo con una comida y concurrió al hogar de Julia y Luisa para invitarlas a pasar momentos alegres entorno a una buena mesa y una alegre conversación, también como una forma de olvidarse del gran aguacero de agosto.

Julia ya convencida por su hija se colocó su abrigo y sombrero, Luisa su abrigo y un paraguas en prevención pues la lluvia había escampado.

La pobreza y la falta de expertis de algunos llevan a realizar algunas obras que en primer momento y de acuerdo a los presupuestos exiguos no cumplen con ninguna norma, en los cerros de Valparaíso es cuestión de ver la forma constructiva del porteño e inmediatamente se concluye en que muchas veces se construye con osadía y total desconocimiento.

Para contener el desmoronamiento  en casas colgadas de los cerros y casi jugando con el abismo, se construyen muros de contención y pretiles.

Las ofertas no pueden esperar, y la fortuna ?

Preparadas madre e hija salen de la casa y rápidamente bajan por avenida Francia en dirección al emporio indicando por Luisa que estaba ubicado en la calle Independencia, la lluvia ahora era sólo una pequeña llovizna que en algo mojaba sus caras y sus largos abrigos, distendidamente conversaban y seguramente sacaban cuentas de las tan necesarias compras, enfilaron por calle Colón por la orilla que lleva al hospital recientemente bautizado como Carlos Van Buren , eran las seis de la tarde, la oscuridad ya se había tomado el ambiente, la poca luz y la niebla hacian casi imperceptible el caminar de sus rápidos y pequeños pasos, el paso de vehículos y carretas tiradas de animales era tremendamente bullicioso, la gente comenzaba a retornar a sus hogares, mientras Julia y Luisa ya estaban tan cerca….

Frente a ellas el cuartel municipal, fuera de él trabajadores con cigarrillos en sus bocas, fumaban para de alguna forma espantar el frio, además observaban el espectáculo de personas y vehículos circulando, la alegre conversación y las risas pronto se transformarían…

Julia y Luisa ya a paso algo más raudo pasaron bajo la escala Garibaldi cruzándose con un borracho que caminaba en sentido contrario cantando y riendo, bebiendo de una botella que llevaba en sus manos.

El ruido de la calle se confundió con otro ruido algo más profundo y extraño.

La animita de la calle Colón

El temporal de esa semana convertido ahora en sólo una llovizna, la noche y el frio se confabularon para que en un segundo cambiara el destino de esta pequeña y humilde familia que vino a Valparaíso para buscar mejores oportunidades y una vida mejor.

El agua contenida tras el muro construido de mala forma y pobremente, los desmoronamientos de esa parte del cerro producidos durante las últimas lluvias de los cuales nadie tenía conocimiento provocaron una gran avalancha de piedras barro y agua, toneladas de material precedidos de una enorme explosión cayeron sobre estas mujeres que seguramente en ese micro segundo cruzaron por última vez sus miradas… llenas de espanto.

Un alud de rocas cayó sobre estas frágiles mujeres, atónitos los testigos,  trabajadores municipales observaron como el cerro colapsó y cayó sepultando vivas a dos mujeres. Con sus propias manos trataban infructuosamente de rescatar a aquellas personas que habían quedado sepultadas, tras largos minutos encontraron primero a Julia la madre y luego a su hija Luisa, habían fallecido en forma instantánea.

El sábado 30 de agosto de 1930 fallecen en ese lugar una madre y su hija, Julia Duarte de 46 años y Luisa Silva Duarte de tan sólo 26.

En la casa que habitaban al no llegar pensaron que habían ido a celebrar donde su comadre Rosa su santo lo que no les produjo ninguna inquietud, luego de sabido del accidente parte de la familia concurrió a la morgue de la ciudad, pudiendo constatar lo más terrible, la muerte de Julia y Luisa.

Los funerales se llevaron a efecto un par de días más tarde y sus cuerpos sepultados en el cementerio Nº 3 acompañados por sus familias, amigos y personal de Correo.

Hoy el recuerdo de Julia y Luisa permanece inamovible en la fe de cientos de porteños que ven en la animita de Colón la ayuda que del cielo les dan estas nobles mujeres que vinieron a Valparaíso en busca de un destino mejor.